miércoles, octubre 15, 2008

Días Distintos (esta vez el dolor va a terminar)

11 de octubre.
La secuela de la sinusitis no me dejaba en paz, se acercaba la hora y traté de hacer lo que siempre hago antes de los conciertos, en condiciones normales, para pasarlo bien. Había cervezas y buena conversación, la comida era distinta , es que aparte de vivir las clásicas horas previas a un concierto, estábamos de vacaciones y no podíamos entrar a la cantina de siempre ni comer cualquier cosa, la birria no es cualquier cosa.

Estábamos sentados en la mesita más incómoda del comedor familiar, sorprendidos por los inmensos pechos de una niña de 15 años, y nerviosos (también un poquitito por eso… ). El concierto era distinto, primera vez Calamaro. Ahí, en Guadalajara, cuando estudiante, pasé mis tiempos más “fan”. Mis amigos me preguntaban de repente qué música era la que llevaba puesta en el coche o qué oía en el walkman, a unos les gustaba, a otros no; a veces prefería poner otras canciones cuando subía alguien nuevo al coche para que no osara criticarlo. Pero en Guadalajara, un fan-calamaro-rodríguez no era tan extraño como en otros lugares; en una revista local leí por primera vez en México una nota sobre Andrés, ahí también pasé un 15 de septiembre en un bar donde pusieron la versión de “El último trago”, de Los Rodríguez; y también en Guanatos, por Internet, descubrí a cuentagotas cada una de las canciones que iban saliendo del entonces novedoso Honestidad Brutal para luego pensarlas en mis largas caminatas nocturnas.

Diez años después, casi la misma cantidad de alcohol en la sangre y a una hora de empezar el concierto, salimos del changarro para irnos al teatro. Creo que si hubiera sido en el 98 habría ido con el mismo amigo y hubiera sido muy similar nuestra ruta. Me avergüenzo del pánico que me da, daba y me seguirá dando encontrármelo algún día por casualidad y no tener los huevos para confesarme su fan, o por lo menos decirle algo. Eso explica un poco parte de la taquicardia con la que llegué al teatro, igual que abrumado y con dolores de cabeza que cedían a fuerza de que se acercaban los minutos y calmaba con tragos largos de cerveza. Ya en nuestros asientos, frotábamos manos y turnábamos la ida al baño “antes de que empiece”. En mi última descarga (fueron como 5 en 10 minutos), me llamó mi amigo para decir que estaba por empezar, y así… corrí para verlo.

Los primeros 15 minutos del concierto me emocioné tanto como cuando subió el Puebla a Primera División. Estaba todo allí tan a gusto que daban ganas de llorar y casi lloraba. Había valido la pena ser fan tanto tiempo y frustrarme de haber tenido por ídolo a un cantante casi desconocido en mi país para poder vivirlo como lo sentí.

Constaté lo grandioso que es. Además, qué bueno que se puso una camiseta de Lady Di, por chingar, que regresaba las camisetas de Boca al público, y que presumía su calcomanía del toro de Osborne y las carreteras de España en el frente de su guitarra. Qué bueno que no cantó “La parte de adelante”, que reivindicó a Los Rodríguez en un país muy Héroes del Silencio y que puso a Sabina, Marley y a Lou Reed en su lugar, Y es que todo fue tan bueno que las secuelas de la sinusitis desaparecieron desde esa última cucharada de birria hasta el día siguiente.